Una sociedad violenta

  El juego permite al hombre desarrollar sus habilidades sociales, el lenguaje o el desarrollo de reglas. El juego es esencial en nuestro proceso de integración en la sociedad y su aparición define los estadios por donde transcurre el desarrollo del ser humano. Lo interesante de juegos como el fútbol es que tienen establecido reglas de funcionamiento, así como sanciones cuando no se acatan. Es un espacio acotado, bien definido, donde todos saben a qué atenerse, para bien, o para mal. Es decir, está dentro del grupo de enseñanzas que nos educan qué se espera de nosotros, cómo nos relacionamos, qué podemos hacer y qué no y, aún más importante, qué consecuencias tendrá cada conducta.

  Existen multitud de actividades humanas en donde no podemos elegir si participamos o no. Nos encontramos en medio de un atasco no por deseo de gastar nuestro tiempo dentro de una urna de metal y cristal, sino porque necesitamos ir a nuestro puesto de trabajo. El fútbol no entra dentro de ese grupo. Al fútbol uno no está obligado a ir. La realidad es que eso que una gran mayoría valoramos como algo voluntario se ha convertido para algunos en un elemento que les define como sujetos. En algo así como un credo o razón de ser. Ya no se llaman Juan o Encarnación, ahora son el hincha del club tal o un miembro de la sección radical del equipo cual. Eso hace que la valoración que hacen de un comentario contrario o un resultado desfavorable lo consideren un atentado a su propia integridad, con lo que no dudarán en poner en riesgo hasta su vida. El fútbol puede estar llenando muchas vidas alienadas, dando sentido al vacío.

  Una conducta, por natural que parezca, requiere de un escenario y condiciones para su aparición y aquí tenemos alguna pista de lo que como sociedad podemos hacer. En nuestra educación más reciente, hemos aprendido a no pasar impasibles ante conductas que utilizan la violencia cuando somos testigos de su uso en la calle. En algunos casos intervenimos para detenerla, como la valiente Tugce Albayrak cuyo acto de enfrentarse a los acosadores de unas chicas le ha costado la vida; en otros nos movilizamos para llamar a la policía. Por tanto, podríamos decir que somos responsables todos, por acción o por omisión.

  Una segunda cuestión es que la violencia en el juego no aparece de golpe. En un proceso de fermentación que muchas veces arranca en el propio césped del estadio, los programas de debate o en el discurso de los dirigentes de los clubes. Eso nos da otra vía para intervenir ante este problema. No podemos hacer excepción, ni justificar la mínima conducta, pues puede ser la primera piedra que arrancará el alud en un terreno inestable.

  En una sociedad donde la paz es vasalla de la violencia, si nos atenemos al valor que se da a ser competitivo, a buscar ser el mejor en los estudios o el trabajo sin reparar mucho en los medios para lograrlo, tampoco nos podemos extrañar que de vez en cuando nos salpique a la cara nuestra propia hipocresía. Faulkner nos recordó que hablar del mal -no tocarlo, no participar, no defenderlo o rechazarlo, simplemente hablar de él- contamina. Cómo vamos a salir indemnes si, allí donde posemos la vista, la violencia nos sale al encuentro. No se puede nadar en la basura y querer oler bien. A lo mejor debemos probar a dejar de nadar. O aceptar resignados que somos seres con rincones donde habitan sombras que nos da vergüenza mirar.

Aquí el artículo completo en el Diario de Sevilla.

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