¿Se puede acordar la custodia compartida en bebes?

  El debate que ha resurgido con la Sentencia 317/2014 del Juzgado de Primera Instancia de Sabadell, nº 8, de 21 de julio de 2014 sobre la custodia compartida en un lactante nos ofrece la posibilidad de revisar cómo se desarrolla el apego en los niños, en los primeros años de sus vidas, con intención de romper mitos y prejuicios muy implantados en algunos operadores judiciales. Los prejuicios planteados a la posibilidad de decidir una régimen de custodia compartida en bebés han esgrimido argumentos sobre el especial vínculo que éstos desarrollan con su madre, algo que la psicología ha venido desmintiendo desde hace más de treinta años.

El desarrollo del apego a lo largo de la vida del niño.

  El apego es el vínculo emocional que desarrolla el niño con sus cuidadores. Este vínculo le proporciona la seguridad emocional que necesita para su desarrollo, a través de la accesibilidad y capacidad de respuesta de estas figuras a sus necesidades. El vínculo no es exclusivo, es decir, no es a una única figura y ni corresponde a un parentesco biológico, sino que se fundamenta en la respuesta que se ofrece al niño.

  El establecimiento del lazo afectivo se desarrolla en cuatro etapas diferenciadas. En los dos primeros meses (etapa 1), los bebés aceptan los cuidados de cualquier figura de cuidado, utilizando su repertorio conductual innato -sonrisa y llanto- para comunicarse con ellas. Algunos autores han llamado a esta fase etapa de preapego y en ella aparece un reconocimiento rudimentario de la voz de sus principales figuras de cuidado a la de otras.

  Fase de formación del apego (etapa 2) abarca aproximadamente entre las seis u ocho semanas hasta los ocho meses. En esta fase la conducta del niño -sonrisa, balbuceo, seguimiento de la mirada, etc.- se dirige de forma más frecuente hacia sus principales figuras de cuidado que al resto. Aún no muestran ansiedad cuando, por ejemplo, se les separa de la madre. Su enfado lo expresan por la pérdida del contacto humano, no porque sean sus padres los que los dejan solos.

  Entre los seis u ocho meses hasta los dieciocho-veinticuatro meses se desarrolla la fase de apego propiamente dicha (etapa 3). Los vínculos con sus figuras de cuidado se establecen con fortaleza, llegando a rechazar incluso a familiares cercanos ya que en muchas ocasiones sólo quiere estar con sus principales figuras de cuidado.

  A partir de los dieciocho-veinticuatro meses (etapa 4) el niño aprende que la ausencia de sus principales figuras de cuidado no son definitivas y reducen su ansiedad en su ausencia. Los cuidadores pueden decirle cuánto van a tardar en volver y el motivo y a partir de los tres años aprenden a negociar las separaciones. Si todo ha ido bien, el vínculo afectivo es sólido ya que no necesitará de la búsqueda del contacto físico constante al ser consciente de que cuando le haga falta la figura de cuidado estará disponible.

¿Existe una capacidad superior en la mujer para criar a un bebe?

  Es importante destacar que la investigación ha demostrado que los padres son tan competentes para cuidar a sus bebés y niños pequeños como las madres (Lamb, 1997, 2002; Parke, 1996).

  En contra del prejuicio general, está documentado que la mayoría de los recién nacidos en familias con dos padres no se apegan a sus madres primero, sino que forman los apegos simultáneamente a ambos padres a la misma edad, alrededor de seis a siete meses (Lamb, 2002), a pesar de que los padres suelen pasar menos tiempo con sus hijos que las madres lo hacen (Pleck y Masciadrelli, 2004). Esto indica que, a pesar de un nivel de umbral de la interacción es crucial para los apegos, el tiempo dedicado a la interacción no es la única dimensión crítica.

  Finalmente, la preferencia por cuidadores primarios disminuye con la edad y con frecuencia desaparece a los 18 meses de edad (Lamb, 2002). Por ejemplo, la investigación ha demostrado que, aunque el cuidador principal puede pasar más tiempo con los niños, los bebés también desarrollan fuertes vínculos con otros cuidadores consistentes -generalmente el padre- y que estos accesorios tienen un efecto positivo en su crecimiento psicológico (Lamb, 1997).

Traducciones:

Portugués.

Fuentes:

Lamb, M. E. (1997). The development of father-infant relationships. En M. E. Lamb (Ed.), The role of the father in child development (Third edition; pp. 104-120; 332-342). New York: Wiley.

Lamb, M. E. (2002). Infant-father attachments and their impact on child development. In C. S. Tamis-LeMonda & N. Cabrera (Eds.), Handbook of father involvement: Multidisciplinary perspectives (pp. 93-117). Mahwah, NJ: Erlbaum.

Parke, R. (1996). Fatherhood. Cambridge, MA: Harvard University Press.

Pleck, J. H., & Masciadrelli, B. (2004). Paternal involvement: Levels, sources, and consequences. In M. E. Lamb (Ed.), The role of the father in child development (Fourth edition, pp. 222-271). New York: Wiley.

 

 

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