¿Para qué sirve tener una imagen pública si quieres estafar?

  El 6 de julio de 2014 estalló la estafa de las cuentas de la empresa Gowex. Ese día el presidente de la compañía de redes wifi admitió la falsedad de sus balances contables de al menos los últimos cuatro años. El resultado ha sido miles de inversores estafados por unas auditorias falseadas, estafa en la que el ha caído el propio Gobierno de España que, a través del Instituto de Comercio Exterior (ICEX), concedió a la empresa el premio Start-ex en la celebración del “Foro Global España 2014”, galardón que se ha visto obligada a retirar tras el descubrimiento, lo mismo que ha tenido que hacer la Asociación de Marketing de España, que concedió a la misma empresa el premio nacional de marketing en mayo del mismo año. La ingeniería financiera, en manos de personas que controlan las estrategias de la manipulación y el engaño con habilidad y desparpajo, es otro de los escenarios de abuso de influencia que se ha comenzado a hacer habitual y, como acabamos de ver, de esto no se libran ni estados ni los mayores especialistas en imagen, publicidad y ventas.

  Lo primero que debemos analizar es que una buena imagen pública sirve como barrera de contención ante las insinuaciones de engaño o malas prácticas, contención que puede prolongarse durante años. En segundo lugar, porque dan un margen de tiempo muy útil cuando la realidad se hace incontestable.

estafador

  Cuando tenemos asociada una figura pública a valores positivos (por su trabajo en una ONG o su reputación como profesional) y alguien nos insinúa que puede no ser oro todo lo que reluce nuestra primera reacción es la incredulidad. Si está bien aprendida esa asociación -sujeto y emoción que nos provoca- la reacción de incredulidad se acompañará de una defensa de la figura atacada.

  En la política vemos diariamente cómo al estallar un escándalo –tomemos el ejemplo del ex Presidente de Cataluña Jordi Pujol acusado de presunto fraude fiscal- los primeros mecanismos que funcionan son la incredulidad y, por sus seguidores, la defensa de la figura pública. Esto provoca que el acusador tenga que armarse de más pruebas de las que en otro caso necesitaría -algo que puede llevar años-, pero también ofrece al presunto estafador un tiempo valiosísimo hasta que la sociedad o los poderes del Estado toman verdadera conciencia de la realidad y actúan, tiempo que puede ser utilizado por el desenmascarado para ocultar o destruir todo tipo de pruebas, cuando no para poner a buen recaudo el fruto de sus delitos o desaparecer él mismo.

Leer más:

Aguilar, J.M. (2015) El abuso de influencia. Ed. Almuzara.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

error

¿Te gustaría enviar este artículo a un amigo?