La generación obediente.

     La generación que en estos momentos se encuentra más afectada por el divorcio en España corresponde a los nacidos en los años 60 y 70. Sus matrimonios suelen durar una media de 15 años, teniendo hijos algo menos de la mitad. Esta es una generación muy distinta a la de sus padres. Han asistido a cambios individuales, sexuales, de género, sociales, tecnológicos o laborales que le han dado un carácter propio y diferencial, lo que ha venido a afectar el modo en que enfrentan el divorcio y, especialmente, la crianza de los hijos tras la ruptura de la pareja.

Cambio en los papeles de hombre y mujer.

     Lo primero que nos llama la atención es que, esta nueva concepción en las relaciones de pareja, ha sido empujada por la reelaboración de los papeles clásicos por parte de los protagonistas del divorcio. La generación que ahora se divorcia ha sido la responsable de llevar a cabo el cambio en el patrón de distribución de papeles entre el hombre y la mujer en el matrimonio, papeles que se habían mantenido en el último siglo y ellos vieron en sus padres. Del padre proveedor, lejano, siempre fuera del hogar, y la madre afectiva, acogedora y dedicada al hogar y la crianza de los hijos, hemos pasado a la pareja de padres que trabajan fuera de casa, en muchas ocasiones con una alta formación académica, sumamente implicados en su crecimiento profesional y con poco tiempo para la crianza.

La infancia ya no es como ellos la conocieron.

      La infancia que esta generación conoció ha desaparecido, aunque en este caso al menos pudieron disfrutar algo de lo que sus padres habían vivido. Del paraíso rural infantil, con niños que corrían y jugaban libremente por las calles, ellos pasaron al paraíso urbano infantil, en donde ellos corrían y jugaban – ya con menos libertad y descuido- por las avenidas y calles de su barrio. Sin embargo, sus hijos ya no han jugado en la calle como así hicieron las generaciones anteriores, sino en parques cercados por el trafico, en centros de ocio especialmente habilitados para ellos o, directamente, en casa. Esta diferencia, que pudiera parecerle insustancial o puramente anecdótica, ha provocado que los hogares adopten estrategias que han afectado directamente en la forma de la educación de los niños en las familias actuales. Tomemos un sencillo ejemplo: Mientras ellos gastaban las tardes en la calle, sus hijos se encierran en sus habitaciones, pegados a una pequeña pantalla en la que juegan o conectados al ordenador hablando con sus amigos.

La labor de los padres está en continua cuestión.

      Si pudiéramos destacar un elemento claramente diferenciador de esta generación ese sería el hecho de que estos padres se cuestionan su papel, algo que jamás hicieron sus progenitores. Los padres actuales son los primeros críticos de los padres actuales. Se replantean una y otra vez su actuación, buscan apoyo en profesionales de la psicología y la medicina, se comparan con otros padres, buscando siempre en qué mejorar o en qué se están equivocando. Esto era impensable para el padre y la madre que ellos conocieron. La autoridad paterna era incuestionable en sus mayores, tanto en el ámbito social como en el doméstico. La palabra de sus padres era algo que no se discutía. Cuando sus tutores reclamaban la presencia de alguno de sus padres en el colegio, con motivo de una bajada de notas o una pelea en el patio, estos temían no tanto lo que les dijera el docente, sino el castigo que recibirían cuando llegaran a casa. La palabra del adulto era ley.

Portada+tenemos+que+hablar-2

Las jornadas laborales se prolongan mucho más allá.

      Otra de las características que diferencian a esta generación es su gran implicación en su trabajo. En la generación anterior únicamente se había contemplado esta situación en el varón, sin embargo, ahora también es la madre la que gasta la mayor parte del tiempo fuera del hogar. Esto provoca que tengan poco espacio para dedicar a sus hijos.

      La primera consecuencia que podemos apreciar, muy fácil de descubrir en las conversaciones o en la consulta del psicólogo, es la generación de un sentimiento de culpa del que sus padres carecieron. Al llegar al hogar, esto padres razonan que, para el poco tiempo que pueden estar con sus hijos, no van a regañarles, desistiendo de su labor de educadores a favor de un mínimo tiempo de afecto. Esta permisividad suele transformarse en regalos, con los que muchos quieren lavar su mala conciencia o, sencillamente, comprar el cariño que no han podido cultivar.

Confunden valores.

       Muchos de estos padres confunden el amor de sus hijos por respeto. Mientras que el primer sentimiento se elabora con los cuidados, el intercambio de afectos positivos, incluso con la mutua necesidad, el segundo sentimiento es una construcción basada en la demostración de un valor o conocimiento superior. El respeto es un afecto que un sujeto se gana, construyéndolo con el tiempo, y no deviene sencillamente por ocupar un lugar determinado. Nosotros podemos mostrar educación hacia nuestro jefe pero, si no nos demuestra su valía o conocimientos, no alcanzará nuestro respeto. Este error salta al rostro de estos padres cuando se ven en situaciones en las que su autoridad es puesta en entredicho, su palabra es criticada, cuando no directamente rechazada o minusvalorada por sus hijos, cuyo respeto está ubicado más en su grupo de amigos o en su personaje televisivo de moda.

      Esta circunstancia es especialmente interesante cuando vemos que los hijos de hoy piden respeto a sus padres, cuando éstos se criaron bajo la premisa del respeto que los hijos debían mantener hacia sus mayores. Esta situación hace que muchos padres adopten una postura meliflua ante sus hijos, en un continuo pedir perdón cuando se ven obligados a «ejercer de padres» ante ellos. Educar consiste en dar ejemplo, dar contenidos, modelos de comportamiento pero, fundamentalmente, se basa en poner límites, en marcar normas, horarios, marcos de referencia dentro de los cuales los niños saben a qué atenerse y qué se espera de ellos. En la generación actual decir “no” está mal visto, lo que provoca que los hijos se críen con pocos límites. Por otro lado, al estar muy afectados por la posibilidad de la crítica social proveniente de otros padres, aquellos que deberían ejercer como reguladores del comportamiento de sus hijos suelen limitarse en el ejercicio de la autoridad, aún cuando esté muy justificado.

Aparición de nuevos actores en la crianza.

      Todo el tiempo que transcurren los padres fuera del hogar es suplido con cuidadores profesionales, cuando no con la televisión o el ordenador, la niñera del mundo moderno. Debido a los extensos horarios de trabajo, sumado al hecho de que los padres no quieren limitarse en sus posibilidades personales a la hora de hacer actividades sociales –gimnasio, baile de salón, yoga- que sus iguales consideran fundamentales para su crecimiento personal, se empuja al niño a adquirir rápidamente estrategias de autonomía nunca antes conocidas. En los casos más extremos podemos encontrarnos familias en donde los hijos, en su continua demanda de atención y cuidados, se convierten en una molestia para la comodidad de los padres, que no pueden renunciar a sus múltiples compromisos. Es entonces cuando aparecen lo que se ha dado en llamar los «niños de la llave».

     Estas estrategias, al alcanzar cierta edad y especialmente en la pubertad, comienzan a otorgarse a los niños cotas de independencia cada vez más amplias. Es habitual que manejen las llaves de la casa, que llevan colgada al cuello, para que entren cuando los padres aún no han llegado y hagan sus tareas o vayan merendando, o manejen dinero para coger un taxi con el que poder ir a las academia por la tarde.

      Al otorgarles tanta independencia luego resulta sumamente difícil poner límites. Me consideras “mayor para unas cosas pero no para otras”, sería aquí la reivindicación más frecuente, generando un conflicto difícil de superar. Llegado este momento, las figuras parentales se han construido débiles, sin respeto, mientras que los hijos son cada vez más autónomos. No es infrecuente que se produzcan confusiones entre los lugares que deberían ocupar los padres y los hijos. Los hijos pueden asumir responsabilidades y espacios que le corresponderían al adulto, mientras los padres se ven relegados, incapaces de abordar los problemas que sus hijos les plantean, con una imagen desautorizada, cuando no débil o carente de respeto, aquel que no han podido ganarse al encontrarse ausentes, con hijos que los ven más que como figuras de autoridad como proveedores de recursos.

Desautorización de otros actores implicados en la educación de los hijos.

      La realidad de esta generación no es resultado únicamente de los cambios en los que estos padres se han visto sumidos. Estos padres han tenido un papel activo en la desautorización de otras figuras que, clásicamente, han ejercido un papel muy relevante en la crianza de los hijos. Nos estamos refiriendo a otros padres o los propios docentes. Ya ningún adulto regaña a un niño que está llevando a cabo una conducta vandálica en mitad de la calle, por temor a ser él mismo denunciado. Peor es el lugar en el que se encuentran los docentes. Su autoridad en el aula ha sido puesta una y otra vez en entredicho, hasta lograr que sean los alumnos la que la han anulado. Cuando hace unas décadas la madre acompañaba al hijo a ver al profesor, la madre preguntaba sobre las razones por las cuales el niño había suspendido. Hoy en día, cuando la madre lleva a cabo la misma visita en la hora de tutoría, reclama al profesor las razones por las cuales el profesor ha suspendido al niño, trasladando la responsabilidad al docente y liberando al niño de esta.

El matrimonio nunca fue para siempre.

      En contraste con lo que ocurrió con sus mayores, los padres de esta generación tienen más posibilidades de salir del “guión” impuesto por la sociedad y, como consecuencia, se da un mayor número rupturas y crisis personales. Esto genera un nuevo escenario de problemas. Si los padres se divorcian, los procesos de desautorización mutua que ambos miembros de la pareja suelen iniciar son aprovechados por los hijos para sus intereses. Los niños encuentran un campo abonado para sacar partido en su beneficio, relajando normas, incumpliendo ordenes y tareas o no asumiendo las responsabilidades que, en otra situación, le capacitarían para ir adquiriendo un mayor nivel de logro.

Junto a esto, la transmisión de valores ya no viene dada por la familia o la escuela. Hoy, más que nunca, educa la tribu, conformada por los amigos, la televisión, los videojuegos e Internet. Así mismo los canales de comunicación, de transmisión de la información y el conocimiento han cambiado. Los mensajes de móvil o el messenger mantienen continuamente conectados a los adolescentes. Sin embargo, descubrimos una gran contradicción en el hecho de que, habiendo más información que nunca, siendo más asequible y fácil lograrla, esto no ha provocado que ciertos problemas se resuelvan o, al menos, disminuyan. Tomemos el caso de los embarazos en adolescentes. Año a año, cuando la información y los métodos anticonceptivos son asequibles, fáciles de lograr en la escuela, en el centro de salud o en el centro cívico del barrio, cuando los padres disfrutan de una mentalidad más abierta, cuando existen campañas expresas dirigidas por profesionales que van a ver a los adolescentes en sus parques, en sus lugares de ocio o deporte, el número de embarazos aumenta sin cesar.

      En resumen, la generación que en estos momentos se está divorciando es una generación que obedeció a sus padres y que ahora obedece a sus hijos. Una generación formada e informada, pero con poco tiempo para educar, para trasmitir a sus descendientes valores y construirse como figuras de respeto ante sus ojos. Una generación que busca cuidarlos, formarles, darles lo mejor, pero que se ve incapaz de abordar todo lo que se supone que tienen que hacer, llegando exhaustos al final del día. Una generación que entiende que nadie les pidió razones para unirse y que nadie les puede obligar a dar razones para separarse, que entiende la relación de pareja como un lugar donde desarrollarse como sujetos, no como un contrato de por vida que les capacita para hacer ciertas cosas, y en la que los hijos contemplan a sus padres con cierta distancia, preocupados en su propio día a día. Esta es la generación obediente.

Fuente:

Aguilar, J. M. (2007). Tenemos que hablar. Editorial Taurus.

  4 comments for “La generación obediente.

  1. Joseba
    7 abril, 2016 at 10:17 pm

    Genial José Manuel. Como siempre. Verdades como templos. Saludos desde Donosti. Un fan!

  2. mar
    8 abril, 2016 at 6:30 pm

    Me ha gustado mucho el artículo, a tal grado que con tu permiso lo he publicado en un foro de madres y amigas, todas formamos parte de esa generación obediente y nos hemos planteado algunas cosas de las que dices en tu artículo muchas veces. Es bien interesante todos los temas planteados y bastante certeros, dan para pensar mucho. Gracias

  3. Gogan
    3 mayo, 2016 at 10:48 am

    Muy acertado tu análisis José Manuel, muchas gracias por compartirlo, raramente comento en ningún foro. Reconozco que yo me veo a mi mismo en ocasiones “acomplejado” cuando tengo que mostrar autoridad como tú dices, al estar muy afectados por la posibilidad de la crítica social proveniente de otros padres, especialmente porque estoy separado y mi ex está en campaña permanente de venderme como un “maltratador”, “autoritario” etc. Espero que no se vuelva contra mi si a mis hijos les vende su madre que “papa es malo” porque ya hay muy sutiles indicios de alienación. Es una indefensión terrible en la que se ven muchos niñ@s fruto del chantaje de algun@s padres/madres.

  4. marga
    18 mayo, 2016 at 2:44 pm

    Buenas JOSÉ MANUEL:

    Nací en el 65,
    parí en el 98,
    y el padre biológico (porque considero que un padre no hace eso) de mi hija,
    me “eliminó” de la vida de mi hija en el 2010…
    Ahora me pregunto; dentro de 15 años ¿habrá dinero para que el estado pague mi pensión? ¿habrá suficientes residencias dónde podamos vivir? ¿qué pasará con nosotros, cuando no podamos valernos por nosotros mismos? ¿Cómo nos tratarán nuestros hijos? ¿qué opciones tendremos?

    saludos y MUCHAS GRACIAS POR “ABRIRNOS LOS OJOS”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

¿Te gustaría enviar este artículo a un amigo?